Las aventuras de Tamara
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Mmmmm…Qué rico…
Un dulce aroma penetra por mis fosas nasales, haciéndome recobrar el
sentido. ¿Qué es eso que huele tan estupendamente? ¿Cuál es su origen? Sea lo
que sea que tiene ese irresistible olor, me ha hecho olvidar por completo mi
actual estado: el punzante dolor que recorre todo mi cuerpo, inclusive partes
que no sabía que tenía.
Pero aquí estoy yo. Para eso sirvo, ¿no? Para recordar los problemas
cuando por fin logro distraerme…Qué optimista soy, la verdad…
Abro mis ojos aguamarina y observo el entorno que me rodea, el cual es
muy distinto (por no decir, lo contrario) a donde me encontraba antes:
El pequeño, pero lindo cuarto tiene unas paredes color crema, junto con
unas cortinas naranjas que tapan la ventana por donde se asoman los rayos de
sol que iluminan la habitación. En frente de esta hay unos estantes repletos de
peluches de todos los tipos y tamaños y, justo delante, se encuentra una mesita
con un juego de té, rodeado por cuatro pequeñas sillas.
Me volteo hacia la pared de mi derecha y la veo completamente llena de
dibujos tiernos, pero seguramente elaborados por alguien de una temprana edad.
¿Quién me lo iba a decir? Estoy en el cuarto de una niña.
Primero el bosque, luego en la casa de un completo desconocido… ¿Qué
clase de historia es esta?
Me siento y me percato de las sábanas y mantas que mantienen el calor de
mi cuerpo y de lo cómodo que es el colchón. Daría gusto despertar en un sitio
así si no fuera por el insufrible malestar que siento.
Por el amor de Chaos… ¿algún día de estos lograré pensar en positivo?
— ¡Por fin despertaste!—exclama una dulce voz de niña, sacándome de mis pensamientos
—. ¡Qué bien! ¡Así no te perderás el
desayuno!
El pequeño grito de la niña me “despertó” con un poco de brusquedad, por
lo que no pude evitar que mi cuerpo reaccionara de una forma poco usual (en
cristiano: que del susto caí de bruces al suelo).
— ¡Oh, siento haberte asustado!—se preocupa la niña, ayudándome a volverme
a sentar—. No debí ser tan brusca, señorita…—deja la frase en el aire,
esperando que yo la termine.
—Eh…Tamara…—respondo, aún algo aturdida—. Deja las formalidades, que aún
soy joven. —río nerviosamente, ya que no tengo ni la menor idea de con quién
estoy hablando.
La pequeña conejita color crema me dirige una alegre mirada con sus ojos
miel y sonríe.
—Eeeh…Me ayudaría un poco el saber dónde estoy, con quién y demás
detalles, je je…No sé, es que como me he despertado y he visto que estoy en un
lugar desconocido, he pensado: “Oye, ¿y dónde estoy?” y como comprenderás, no
puedo responderme a mí misma, je je…—digo aún confundida, pero soltando una
pequeña risita para relajar el confuso ambiente que me envuelve en este momento.
La pequeña conejita abre los ojos de par en par y se lleva la mano a la
boca, en gesto de preocupación.
— ¡Qué maleducada soy! ¡Lo siento mucho, señori…Tamara! Soy Cream y estás
en mi casa.—sonríe y me da un pequeño abrazo.
Le devuelvo la sonrisa, aunque la información que me ha dado no es ni
precisa ni familiar. El nombre de Cream no me suena para nada…Pero, teniendo en
cuenta que no recuerdo ni dónde vivo, no es para nada una sorpresa.
—Eh…Ah…Hum…Lindo nombre…—comento, sin saber muy bien qué decir. Estoy con
una niña que desconozco, ¿qué esperaban?—. ¡Bueno, Cream! ¡Ha llegado la hora
de que me vaya! ¡Tengo muchas cosas que hacer y tengo que…!—mi anuncio queda
interrumpido al caerme estrepitosamente y de boca al suelo por un repentino
dolor en mi tobillo derecho—. Au…
Cream me levanta de nuevo y me vuelvo a sentar. ¿Dos caídas desde la cama
en menos de cinco minutos? Creo que saldré en el libro de los récords.
— ¡Lo olvidé, Tamara! Te encontramos con un tobillo torcido. Es por eso
que está vendado…—me informa ella, nerviosa por no haber recordado ese pequeño
e insignificante dato.
Me sobo la cabeza y sonrío despreocupadamente, dando a entender que no
hay por qué preocuparse, mientras que por dentro estoy llorando de dolor. No
hay por qué exteriorizar nuestras emociones, ¿no?
Entonces, reparo en algo que dijo.
—Espera un segundo…Tú…es decir…tú y otra persona, ¿me
encontraron?—pregunto, confusa—. ¿Tú y quién más? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿¡Cómo!?—No
me di cuenta antes, pero la estoy sacudiendo como a una muñeca de trapo de
forma desesperada—. Eh, ejem, perdón…—la suelto.
Cream intenta parar de dar vueltas y tras recuperarse del todo de mi
sutilmente brusco interrogatorio, me alcanza dos muletas.
Alzo una ceja.
—Esto… ¿Esto? Esto…Ok. —murmuro, entendiéndoseme al completo, mientras me levanto y comienzo a
caminar con ayuda de mis muletas.
—Bueno, te explicaré eso abajo, mientras desayunamos, ¿vale?—me dice Cream con una sonrisa.
Involuntariamente, mi estómago se adelanta a lo que iba a decir y ruge,
por lo que me sonrojo mientras que la conejita ríe.
—Al parecer tu estómago tiene hambre, ¿eh?
—Sí…je je…—digo con vergüenza—. Oye, ¿y qué hay de comer?—inquiero con
curiosidad.
—Chocolate caliente. ¿Te gusta?
Detengo mi marcha de inmediato al oír su confesión y, con una voz sin
ningún tono en concreto, pregunto:
— ¿Chocolate caliente?
—Sí—afirma Cream, extrañada por mi extraño comportamiento—. ¿Es que no te
gusta?
Unos segundos de incómodo y ensordecedor silencio llenan el pasillo de
una manera tan repentina que la conejita cada vez se confunde aún más. Me muerdo el labio.
—No me gusta…. —paro dejando un
momento de suspense, para luego dar un brinco de alegría—. ¡ME ENCANTA!
Tras dar varios saltos y volteretas de emoción, con las muletas comienzo
a correr sin saber dónde está ni cómo puedo llegar a la cocina.
— ¡Espera, Tamara! ¡Por ahí hay unas…!—se calla al oír varios “¡ay!”, “¡Auch!”
y “¡Au!” míos—…escaleras…—termina, mientras una gotita le baja por la sien.
Olfateo nuevamente el origen de aquel dulce aroma tan increíblemente
apetitoso y contemplo con más atención
la taza que me espera en la mesa mientras la boca se me hace agua. ¿Quién fue
el magnificente genio que creó el chocolate caliente? ¿A quién se le ocurrió la
deliciosa idea de mezclar la leche con el cacao? ¿Y quién preparó la primera
taza de cacao? Si lo supiera, iría ahora mismo a su casa y le daría un beso.
— ¡No puedo esperar más! ¡Tiene que estar de rechupete!—exclamo con
corazones en los ojos, agitando la taza sin cuidado alguno y abrazándola como
si mi vida dependiese de ello.
Repentinamente, mi expresión pasa de ser una obsesionada
irremediablemente con el chocolate a una llena de tristeza con una mirada de
completa desolación.
— ¿¡Qué te pasa, Tamara!?—pregunta Cream alarmada, poniendo su mano sobre
mi hombro.
Levanto la mirada con unas pequeñas lágrimas en mis ojos y me las limpio
rápidamente.
—Es que…si…si me tomo el chocolate ahora…—me callo, como si fuera a
revelar la verdad más dolorosa del mundo. Cream se me acerca para escuchar—…
¡Se acabará después!
La conejita de 6 años se cae al puro estilo anime, mientras una gran gota
resbala por su nuca.
—No pasa nada, Tamara…Hay, eh, ¿más?
Los ojos se me iluminan y una gran sonrisa se dibuja en mi rostro.
Ella no puede hacer otra cosa si no asustarse.
— ¿¡Hay más!? ¡¡¡¡GENIAL!!!!—Grito, haciendo caer a Cream y me bebo el
chocolate de un trago—. ¿Siguiente ronda?—pregunto sonriendo como si nada
hubiera pasado.
La niña no hace otra cosa si no reírse y me llena de nuevo la taza de
chocolate, mientras una especie de animalito azul y amarillo se acerca
revoloteando hacia nosotras.
Yo, como es costumbre ya, reacciono de la forma más normal: Cayéndome al
suelo del susto.
— ¿Qué es esa…cosa?
Cream abraza al animalito y le da una pequeña taza de chocolate. ¿Hasta
la mascota tiene su propia taza?
—Es Cheese, mi chao. —contesta ella, sonriendo.
—Un…chao…Ah —digo, rascándome la nuca. Le estrecho la mano—. ¡Hola, preciosín!
¿Cómo estás, lindo?
El chao responde girando la cabeza hacia otro lado, ofendido.
— ¿Qué le pasa a Cheese?
—Es niña, no niño. Le molesta que la confundan. —me aclara las dudas
Cream.
Yo miro a la supuesta chao de arriba abajo y paso la mirada de ella a
Cream.
—Si tú lo dices—repongo, encogiéndome de hombros—. ¿Y entonces por qué
lleva una pajarita?
—Es que le gusta, ¿a que sí,
Cheese?—inquiere la conejita a su chao y esta responde asintiendo con una dulce
sonrisa.
Me rasco la cabeza sin entender gran cosa. ¿Le gusta llevar una pajarita?
Bueno, cada quien con sus gustos, ¿no? Yo no soy nadie para juzgar. Además, le
queda mono.
—Bueno, Cream, ¿no me tenías que contar algo?—digo cambiando de tema
mientras remuevo el chocolate con la cuchara distraídamente.
La conejita color crema se lleva
las manos a la boca y Cheese imita el gesto.
— ¡Oh, es verdad!—se sienta y se acomoda en la silla, dando a entender
que es una historia muy larga—. Mamá y yo te encontramos anoche en la entrada
de casa. Estabas desmayada y no sabíamos cómo habías llegado aquí.
Cheese negó con la cabeza.
—Te desinfectamos las pocas heridas que tenías y te vendamos el pie.
Me llevo la mano a la barbilla en actitud pensativa.
Si estaba perdida en el bosque, ¿cómo llegué aquí? No pude aparecer de
repente, ni tampoco llegué caminando… ¿Alguien me trajo hasta casa de Cream?
Se podría decir que parezco una detective en mitad de una investigación
criminal con tantas preguntas sin respuesta.
— ¿No había ninguna huella en la nieve que indicase que alguien me pudo
traer?
Cream niega con la cabeza.
Vuelvo a sumergirme en mis pensamientos. ¿Nadie me trajo? Si ninguna
persona me llevó, ¿¡cómo centellas acabé aquí!? No creo que me hayan salido
alas repentinamente y que estas me trajeran aquí durante mi inconsciencia.
Me froto la frente en actitud frustrada.
Hacer deducciones no se me da bien y no es fácil.
— ¿Seguro, seguro, segurisísimo?
Cream asiente convencida, aunque luego añade:
—Si quieres cuando venga mamá se lo preguntas, pero yo creo que no había
ninguna huella.
Cheese asiente y se posa sobre su cabeza.
Mientras ambos comienzan un duelo de cosquillas, yo me sumerjo una vez
más en mis pensamientos. Tengo muchas, quiero decir, demasiadas cosas en las
que pensar. Y además, averiguar la respuesta a cada una no parece ser tarea
fácil.
1)
¿Quién soy? ¿Por qué no recuerdo nada?
2)
¿Por qué desperté inconsciente en el bosque?
¿Cómo acabé allí?
3)
¿Quién era mi acosador?
4)
¿Quién me trajo a casa de Cream y cómo?
5)
¿Responderé estas preguntas antes de que termine
el año?
Me froto la barbilla, me rasco la oreja, apoyo mi cabeza en la mesa y
luego la hundo en mis piernas. No tengo ni idea por dónde empezar. ¿Traigo un
bloc de notas y apunto las preguntas antes de que se me olviden?
Me rasco la nuca y me froto con frustración las sienes. No recuerdo nada
y no hallo explicación a lo que recuerdo. ¿Cómo llegué aquí?
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